La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús: «Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20). En estos versículos se presenta el momento en el cual el Resucitado envía a los suyos a predicar el Evangelio en todo tiempo y por todas partes, de manera que la fe en Él se difunda en cada rincón de la tierra.

¡La experiencia del catecumenado del domingo fue impresionante! Leandro, que está preparándose para el bautismo, comunión y confirmación, con el soporte de Marta, su madrina, fue llevado al Obispo auxiliar de nuestra diócesis.

 

SUMARIO:

 

I. Catecumenado.

1. Constantes de la evangelización.

2. Catequesis cristiana primitiva.

3. La institución del catecumenado.

4. Restauración del catecumenado.

5. Etapas del catecumenado.

6. Discernimiento.

7. Reunión catecumenal.

8. Pedagogía catecumenal.

II. Inspiración catecumenal.

1. Catequesis, proceso catecumenal.

2. Dimensiones y tareas.

3. Adultos, jóvenes y niños.

4. Evangelización de los bautizados.

 

I. Catecumenado

La palabra catecumenado procede del verbo griego katejéin, que significa resonar, hacer sonar en los oídos y, por extensión, instruir, catequizar. Así catecúmeno es el que está siendo instruido, catequizado; más en concreto, el que está siendo iniciado en la escucha de la Palabra de Dios. La definición más antigua de catequista tiene también el mismo significado. Catequista es el que instruye en la Palabra (cf Gál 6,6;CF 31) al discípulo o catecúmeno.

El catecumenado conecta con esta experiencia fundamental: Dios habla hoy. Y se pone al servicio de ella. En la Biblia, el mayor problema religioso del hombre no está en si Dios existe o no existe, sino en si Dios habla o no. Para quien le busca, quizá a tientas (cf He 17, 27), la respuesta no está en las nubes de los razonamientos teóricos. La respuesta es la experiencia de fe (cf EN 46), como escucha de la Palabra de Dios en el fondo de la historia.

En sentido estricto, el catecumenado “es la institución de la Iglesia al servicio de la iniciación cristiana de los adultos recién convertidos que se preparan para recibir el Bautismo” (CC Anexo 17;cf CA Anexo 11;CEC 1230).

El catecumenado cristaliza como institución eclesial en la Iglesia del siglo III, pero recoge la herencia de un proceso de evangelización que se remonta a la misión apostólica y a la misión del mismo Jesús (Jn 20,21). En función de esta evangelización originaria ha de ser entendido el catecumenado posterior. Por ello, más que la institución catecumenal como tal, interesa el proceso de evangelización que la institución pretende desarrollar. Esta evangelización tiene unas constantes que aparecen, de una u otra forma, en cualquier experiencia de fe.

1. CONSTANTES DE LA EVANGELIZACION. La evangelización es un proceso vivo y complejo, con elementos diversos que es preciso integrar, con constantes vitales que hay que cuidar (cf EN 24;CC 21;DGC 46), si queremos transmitir todos el mismo evangelio en la diversidad de tiempos, situaciones y culturas (cf Mc 2,1-12; He 2,36-47;AG 11-15; CEC 1229;DGC 32 y 38).

* Cuando evangeliza, Jesús anuncia (con palabras y con obras) que el reino de Dios está en acción. Anuncia una Palabra que se cumple, una palabra acompañada de señales y signos: enseña y cura, dice y hace. A la pregunta de los discípulos de Juan, responde con el lenguaje de los hechos (cf Mt 11,5;Lc 7,22;DGC 38). Evangelizar es sembrar la Palabra en el campo de la historia (cf Mt 13,3;He 8,4;1 Tes 2,13).

* Junto a la acción de Dios, Jesús anuncia la necesaria conversión del hombre (cf Mc 1,15;He 2,38;DGC 53 y 85). Su programa aparece proclamado en el sermón de la montaña. Es la carta magna de la comunidad cristiana. El evangelio es anunciado como gracia a quienes, por sí mismos, ni siquiera pueden cumplir la ley.

* Jesús evangeliza con la fuerza del Espíritu (cf Lc 4,14). Y la acción del Espíritu es una realidad que brota a raudales como fruto de su Pascua, según su promesa (cf Jn 15,26-27;16,7-15;He 2,38). La experiencia de fe se hace posible en la dinámica del Espíritu. La evangelización apostólica apela a la experiencia del Espíritu como a un hecho al que se puede remitir: “lo que estáis viendo y oyendo” (He 2, 33). Si el mensaje parece increíble, lo cierto es que es anunciado en medio de un reto: “somos testigos” (2,32) y, además, cualquiera puede serlo (cf DGC 43).

* El perdón, la amnistía, la justificación es parte esencial de la buena noticia del evangelio. Quien comienza a creer y comienza a cambiar, ya está juzgado favorablemente por Dios (Jn 3,18). Es el caso del paralítico (Mc 2,5). Lo proclama Pedro el día de Pentecostés (He 2,38). Lo proclama también Pablo (Rom 8,21).

* A petición de uno de sus discípulos, Jesús les enseña a orar (cf Lc 11,1-13;DGC 85). El discípulo dialoga con Dios, con un Dios vivo que dialoga con el hombre. La oración culmina en la celebración de las maravillas de Dios: “Jamás vimos cosa igual” (Mc 2,12).

* Para llevar adelante su misión, Jesús no se identifica con ninguno de los grupos sociales y religiosos de su tiempo: saduceos, fariseos, esenios, escribas. Jesús anuncia el evangelio a los pobres, la muchedumbre sometida por los poderosos. Su enseñanza no es abstracta: donde hay opresión, hay Palabra de liberación. Como aquel día, en la sinagoga de Nazaret (cf Lc 4,18-19;DGC 103).

* Cuando evangeliza, Jesús no está solo, comparte su misión. Ahí están los doce (Mt 10,1) y, más allá de este círculo íntimo, está el grupo que sigue a Jesús (Mt 8,22), están los setenta y dos (Lc 10,1), están las mujeres que acompañan a Jesús (Lc 8,1-3). La comunidad es la nueva familia del discípulo, el lugar donde recibe la enseñanza especial del evangelio, el centro de operaciones desde donde se difunde el evangelio recibido. En los Hechos de los Apóstoles, quien se convierte a Cristo se incorpora a la comunidad (cf He 2,47;DGC 84 y 86).

* Jesús comienza a evangelizar en la periferia del mundo judío, en Galilea, pero su destino final es Judea, Jerusalén, el templo. El templo está manchado y debe ser purificado; más aún, debe ser sustituído (cf Jn 2,13.22;4,24). La denuncia del templo determina el proceso que se hace contra Jesús. Se le condena como blasfemo (Mt 26,65), como subversivo (Mt 27,37). Evangelizar significa también participar del proceso que a Cristo le lleva a la cruz (cf 1Cor 1,23).

* Lo que pasó después es proclamado por Pedro el día de Pentecostés como el centro del mensaje cristiano: “Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (He 2,36;cf DGC 41). El reino de Dios se manifiesta ahora en la persona de Jesús, constituido Señor de la historia. ¡Lo mismo que Dios!

2. CATEQUESIS CRISTIANA PRIMITIVA. La catequesis de Jesús y de los doce es fundamental en el desarrollo de las primeras comunidades. Además, es modelo permanente para la catequesis de todos los tiempos. El anuncio del evangelio, con sus constantes, es la semilla de la catequesis. Los discípulos van por todas partes anunciando la buena nueva de la Palabra. Se distinguen ya unas etapas. El objetivo es hacer discípulos, enseñando todo el evangelio a los hombres. El catequista aparece como el que instruye en la Palabra. La catequesis (principalmente de adultos) se realiza por inmersión en la vida de la comunidad.

La Iglesia naciente recibe del Señor resucitado la misión de hacer discípulos de todos los pueblos. Los discípulos son enviados a evangelizar. No se trata sólo de una evangelización primera, sino al menos de una evangelización básica, fundamental (cf DGC 67). Han de hacer discípulos “bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28,19-20;cf DGC 34 y 82). He aquí, de forma concisa y lapidaria, una síntesis de la iniciación cristiana primitiva y, por tanto, de la catequesis correspondiente (originariamente, posbautismal).

El proceso de evangelización tiene unas etapas, que es preciso identificar. Comienza con el anuncio primero del evangelio (siembra de la Palabra) y se cumple de forma básica y fundamental en la catequesis (crecimiento y maduración que produce fruto). La relación que se da entre evangelización y catequesis es profunda. Son como el grano y la espiga (cf Mc 4,1-20;DGC 15;17 y 31).

La catequesis, para bautizados o para quienes se preparan a recibir el bautismo, implica una entrega viva del evangelio y de todo el evangelio a los hombres: “La catequesis no es otra cosa que el proceso de transmisión del Evangelio tal como la comunidad cristiana lo ha recibido, lo comprende, lo celebra, lo vive y lo comunica de múltiples formas” (DGC 105;cf 30,66,78 y 111).

En la Iglesia naciente, se distingue entre el anuncio del evangelio a los no cristianos (kerygma) y la enseñanza dada a los nuevos convertidos, en la que se explican las Escrituras a la luz de los hechos cristianos (didajé): “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles” (He 2,42) aquellos que previamente habían acogido el anuncio del evangelio. Ciertamente, la iniciación cristiana es entonces algo más que enseñanza. Es también comunión, fracción del pan, oración, temor ante los prodigios y señales, comunicación de bienes, agregación a la comunidad (cf 2,42-47). Es decir, iniciación a la vida cristiana total (cf DGC 63).

Desde los orígenes se distinguen dos clases de creyentes: los “niños” (los que no hablan) y los “adultos” (los cristianos maduros). Por ello puede decir Pedro: “Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, a fin de que por ella crezcáis para la salvación” (1Pe 2,1; cf Heb 5,12). Hay clara conciencia de que la evangelización se transmite en un proceso de crecimiento y de maduración, ya fuera antes o después del bautismo.

En la Iglesia naciente se bautiza enseguida. La experiencia de fe es rica y abundante. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan de la celebración del bautismo tras la primera experiencia del Espíritu. Es lo que sucede en casa de Cornelio (cf He 10,44-48). Sin embargo, la situación religiosa y política adversa (y otros problemas) conducen a veces al abandono de la fe. Ello irá aconsejando prudencia y no bautizar a nadie hasta que no haya dado señales suficientes de que ha madurado el proceso de conversión.

Entre los testimonios más antiguos de la catequesis cristiana primitiva (fuera del NT) es preciso citar, entre otros, la Didajé o Doctrina de los Apóstoles (s.I); la Apología I, de Justino (s.II); la Demostración de la predicación apostólica, de San Ireneo (hacia 115-203); finalmente, el Pastor de Hermas (hacia el 140, en Roma), que -sin utilizar todavía la palabra catecumenado- manifiesta la existencia de un tiempo de preparación al bautismo: los candidatos son iniciados en la Palabra y han de dar pruebas de conversión.

3. LA INSTITUCION DEL CATECUMENADO. Los trabajos de Clemente (en Alejandría, a finales del siglo II) testimonian claramente el uso de la palabra catecúmeno y la práctica catecumenal. La estructura es muy flexible. Hay mezcla de paganos y neófitos. El proceso dura unos tres años. En El Pedagogo, cada detalle concreto de la vida diaria es puesto en confrontación con el evangelio.

En el norte de Africa, Tertuliano (hacia 160-220) escribe su Tratado del Bautismo. La iniciación bautismal es la única entrada en la única fe por sucesivas etapas: paganos, catecúmenos y fieles. Se requiere, por tanto, un tiempo en el que se consolide y verifique la conversión.

La Tradición Apostólica, de Hipólito de Roma, una obra escrita hacia el 215, presenta una organización del catecumenado caracterizada por una fuerte estructura. Se distinguen dos etapas: la preparación remota al bautismo (durante unos tres años) y la preparación próxima (que coincide con la cuaresma). En esta etapa, los candidatos al bautismo hasta ahora oyentes (audientes) se llaman elegidos (electi). Orígenes (hacia 185-254) es el primer catequista que conocemos con precisión. Principalmente en su obra Contra Celso encontramos detalles sobre la estructura de la catequesis y la organización del catecumenado. Distingue claramente tres etapas catecumenales: la probación precatecumenal, la probación catecumenal y la probación penitencial posbautismal. Distingue también entre oyentes y elegidos.

Desde comienzos del s.III, la estructura del catecumenado ya está determinada en sus líneas esenciales. El s.IV, fecundo en obras catequéticas de gran envergadura, no hará más que llevarlas a su plena expansión. En Oriente contamos con Cirilo de Jerusalén (18 Catequesis pronunciadas a lo largo de la cuaresma y de la semana de pascua del año 348); Teodoro de Mopsuestia (16 Homilías Catequéticas pronunciadas en Antioquía hacia el 392), Juan Crisóstomo (8 Catequesis escritas probablemente hacia el 390), el Itinerario de Egeria (información preciosa sobre la preparación al bautismo en Jerusalén, a finales del s.IV).

En Occidente contamos con Ambrosio (De Mysteriis, catequesis sobre los sacramentos en función de una tipología bíblica, escritas en Milán hacia el 390-391; también el tratado De sacramentis, escrito con notas tomadas de catequesis habladas) y con Agustín (algunos sermones prebautismales y, sobre todo, De catechizandis rudibus, librito capital sobre el modo de catequizar enviado hacia el 400 al diácono Deogracias, que lleva la catequesis en Cartago y se encuentra muy desalentado). El texto de San Agustín sigue la historia de la salvación, cuya narración (más breve o más larga) siempre ha de ser completa: “Mas no por eso debemos exponer detenidamente todo el Pentateuco, los libros de los Jueces y de los Reyes, los de Esdras y todo el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, pues ni hay tiempo para ello ni es necesario. Más bien hay que recorrer por encima las cosas principales y destacar lo más admirable y lo que se oye con más gusto; que esto no conviene mostrarlo para quitarlo enseguida de la vista, sino que hay que detenerse en ello, y darle vueltas para que haga impresión en el ánimo de los oyentes. Las otras cosas pueden recorrerse rápidamente. De este modo no fatigaremos al oyente queriendo moverle, ni le confundiremos queriendo instruirle” (De catechizandis rudibus, III,5).

Durante los siglos IV y V, las circunstancias cambian con la “conversión” de los emperadores. Se constituye una cristiandad. Se desarrolla el periodo cuaresmal, en detrimento del catecumenado propiamente dicho. Finalmente, el s.VI sólo conserva ritos más o menos condensados, y el bautismo de niños se impone sobre el catecumenado.

En el s.VI el catecumenado queda reducido a la cuaresma y, además, queda situado en la primera parte de la misa. Con ello la Iglesia ya no tiene otro espacio de acogida que la misa misma, y los catecúmenos deben adaptarse al sistema de una comunidad preestablecida. Posteriormente hasta se perderá la conciencia de que la cuaresma tuvo algo que ver con el catecumenado. Con la situación de cristiandad se pierde -a gran escala- el proceso de evangelización y catequización de los adultos, predominando decisivamente la masificación, el cultualismo y la fijación infantil de la catequesis.

4. RESTAURACION DEL CATECUMENADO. La restauración del catecumenado ha ido madurando lentamente en la Iglesia, tanto en tierras de misión como en países de vieja cristiandad. Su necesidad se ha ido haciendo sentir en el contexto de una progresiva secularización del mundo contemporáneo.

A partir de 1878 el cardenal Lavigerie, fundador de los Padres Blancos, introduce en Africa el catecumenado en sentido estricto. A ejemplo suyo, por aproximaciones sucesivas y con fortuna diversa, la primera mitad de nuestro siglo conoce una expansión del catecumenado en algunas iglesias jóvenes de Africa y de Asia.

Dentro de Europa es en Francia donde el redescubrimiento del catecumenado revive primero, vinculado a la urgencia de la misión. Más concretamente, las primeras iniciativas surgen en los años cincuenta en Lyon; después en París, bajo el impulso de testigos como F. Coudreau. De esta manera, una red catecumenal se extiende primero en Francia y después en Bélgica (Bruselas y Amberes) y en Suiza (Ginebra). A través de Estrasburgo se tejen vínculos con Alemania Federal y desde Lyon se establecen relaciones con la comunidad anglicana, después con la Iglesia católica inglesa. Después, París conecta con Lisboa y se establecen intercambios con Madrid (Secretariado Nacional de Catequesis). Finalmente, a través del secretariado de la Conferencia episcopal holandesa se establecen relaciones de cara a la implantación en los Países Bajos. Más recientemente, se incorporan a la tarea catecumenal Italia (Roma, Milán, Nápoles) y Albania (Tirana).

En países de vieja cristiandad (como España, Portugal e Italia, también en Latinoamérica) el catecumenado tiende a realizarse con adultos bautizados, con vistas a una conversión y reiniciación más auténtica (neocatecumenados, catequesis de inspiración catecumenal con jóvenes y adultos, procesos de evangelización en comunidades eclesiales de base). En estos casos, “preferimos hablar de catequesis de inspiración catecumenal más que de catecumenado en sentido estricto” (CC Anexo 17;cf CEC 1231).

El concilio Vaticano II (1962-1965) ordena la restauración del catecumenado (cf SC 64). El catecumenado “no es una mera exposición de dogmas y preceptos, sino una formación y noviciado convenientemente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro. Iníciense, pues, los catecúmenos convenientemente en el misterio de la salvación, en el ejercicio de las costumbres evangélicas y en los ritos que han de celebrarse en los tiempos sucesivos; introdúzcanse en la vida de fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios”(AG 14).

Asimismo, el Vaticano II prescribió la revisión del Ritual del Bautismo de Adultos teniendo en cuenta la restauración del catecumenado. En cumplimiento de esta orientación conciliar, la Congregación para el Culto Divino publicó en 1972 el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos (RICA), una aportación decisiva a la restauración actual del catecumenado (sobre lo previsto al respecto en el Código de Derecho Canónico, cf cc. 206, 788, 851 y 865).

5. ETAPAS DEL CATECUMENADO. Recogiendo la tradición viva de la Iglesia, el Ritual señala las distintas etapas que se suceden en el proceso catecumenal:

a) La evangelización y el precatecumenado. En esta etapa, se hace la evangelización, o sea, se anuncia abiertamente y con decisión al Dios vivo y a Jesucristo. De la evangelización, llevada a cabo con la ayuda de Dios, brotan la fe y la conversión inicial, así como la verdadera voluntad de seguir a Cristo (cf RICA 9,10,11 y 68;DGC 88). La fase precatecumenal concluye con la entrada en el catecumenado.

b) El catecumenado propiamente dicho. Comienza la iniciación en la escucha de la Palabra de Dios (cf RICA 14-20), la catequesis integral. La etapa catecumenal se prolonga cuanto sea necesario para que madure la conversión y la fe de los catecúmenos; si fuera preciso, por varios años. En determinados casos, puede abreviarse (cf RICA 98). La etapa concluye con la celebración de la elección. La elección es como el eje de todo el catecumenado. Para ser elegidos, se requiere la fe iluminada y la voluntad deliberada de recibir los sacramentos de la Iglesia (cf RICA 133-142;DGC 88).

c) La purificación o iluminación. Esta etapa tradicionalmente coincide con el tiempo de cuaresma y está dedicada a una preparación más intensa de los sacramentos de iniciación. Los elegidos (o iluminados) son invitados a permanecer vigilantes, a orar, a purificar y renovar sus corazones por la conversión y a asistir asiduamente a la catequesis, camino que lleva a la plenitud de la Pascua. Es una fase breve, pero muy intensa (cf RICA 21-25). En ella se celebran los escrutinios (discernimiento), los exorcismos (superación de resistencias) y las entregas (del Credo y del Padrenuestro).

Desde la antigüedad las entregas del Credo y del Padrenuestro pertenecen a la fase final del catecumenado (cf RICA 53 y 181). La entrega del Símbolo es un acto fundamental que contiene todo el significado de la catequesis: se celebra la transmisión de la fe (cf 1Cor 15,3), de toda la fe de la Iglesia, resumida en el Credo. Su formulación puede variar, pero el Símbolo constituye siempre un conjunto elemental y completo del mensaje cristiano. La entrega del Credo es un momento apropiado para hacer una catequesis intensiva sobre el mismo.

Al entregar el Padrenuestro, la Iglesia celebra la iniciación a la oración de los nuevos creyentes. El Padrenuestro es la oración modelo de los cristianos, que ponen su confianza en el Padre, porque son hijos (cf Rom 8,14-27;Gál 4,4-7). La entrega del Padrenuestro es un momento apropiado para hacer una catequesis intensiva sobre la oración cristiana.

d) La mistagogía. La última etapa, tradicionalmente realizada en el tiempo pascual, se dedica a la catequesis mistagógica, es decir, a la profundización en la nueva experiencia de los sacramentos y de la comunidad. Es la etapa de los neófitos (cf RICA 37-40).

En el catecumenado antiguo, “la formación propiamente catecumenal se realiza mediante una catequesis bíblica, centrada en la narración de la historia de la salvación; la preparación inmediata al Bautismo, por medio de una catequesis doctrinal, que explica el Símbolo y el Padrenuestro, recién entregados, con sus implicaciones morales; y la etapa que sigue a los sacramentos de la iniciación, mediante una catequesis mistagógica, que ayuda a interiorizarlos y a incorporarse en la comunidad. Esta concepción “sigue siendo un foco de luz para el catecumenado actual y para la misma catequesis de iniciación” (DGC 89).

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “hoy, en todos los ritos latinos y orientales, la iniciación cristiana de adultos comienza con su entrada en el catecumenado, para alcanzar su punto culminante en una sola celebración de los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía. En los ritos orientales la iniciación cristiana de los niños comienza con el Bautismo, seguido inmediatamente por la Confirmación y la Eucaristía, mientras que en el rito romano se continúa durante unos años de catequesis, para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía, cima de su iniciación cristiana”(CEC 1233).

6. DISCERNIMIENTO. En la fase final del catecumenado se hace un discernimiento (escrutinios) para verificar la autenticidad del proceso realizado por el catecúmeno: es decir, si realmente ha pasado de la sed al agua de la vida, como la samaritana (Jn 4,5-42); de la ceguera a la luz, como el ciego de nacimiento (Jn 9,1-41); de la muerte a la vida, como Lázaro (Jn 11,1-45). Al final, es preciso: discernir si se ha cum-plido el proceso catecumenal; garantizar y celebrar la superación de resistencias; ver si se producen, entre otros, frutos tan importantes, como la confesión de fe, la oración cristiana, el testimonio, las señales del evangelio, el amor fraterno.

Junto a los escrutinios se celebran los “exorcismos”. El tiempo de preparación al bautismo es un tiempo de lucha, de tentación, de superación de resistencias. A la luz de la Palabra, en actitud de oración y con la fuerza del Espíritu, el discernimiento puede desenmascarar la tentación. La comunidad cristiana es consciente de que Cristo es más fuerte que los poderes del mal (cf Mt 12,22-32).

En general, el significado fundamental del discernimiento es el de probar, examinar, verificar. Desde el punto de vista cristiano, el discernimiento tiene por objeto conocer la voluntad de Dios (cf Rom 12,

2), que se manifiesta en su Palabra y se acoge con docilidad a la acción del Espíritu.

La dinámica catecumenal supone una iniciación en la Palabra de Dios, viva y actual, escuchada en las circunstancias ordinarias de la vida. Esta escucha de la Palabra de Dios, dicha hoy, se realiza a la luz de la Palabra de Dios dicha ya, recogida en la Escritura y en la tradición viva de la Iglesia.

Si Dios habla (de la forma que sea), el creyente ha de escuchar. Ello supone un discernimiento realizado a distintos niveles (personal, pastoral, comunitario) y también la acogida de algo que, por encima de todo, es don de Dios, no producto del hombre. Ciertamente, toda Escritura es inspirada por Dios y útil para educar en la fe (2Tim 3,16-17), pero hay situaciones cuyo contexto manifiesta significativamente que Dios sigue hablando, o que Cristo se mete en la conversación, como sucedió a los caminantes de Emaús (cf Lc 24,32). Frente a la alucinación (individual y enfermiza), la experiencia de fe puede ser percibida y discernida por muchos hermanos a la vez (cf 1Cor 15,6). La comunidad ayuda a objetivar y a verificar qué relación se da entre la escucha de la Palabra de Dios y la realidad.

La Palabra de Dios trasciende todo método: se cumple en la dinámica del Espíritu. Se requiere una actitud de escucha y un fiel discernimiento, que respete la iniciativa de Dios y acoja en cada caso el don de Dios, más allá de todo racionalismo (que considerara imposible que Dios hable hoy), más allá de todo iluminismo (que ofreciera una falsa iluminación o una nueva revelación) y más allá de toda manipulación (que pretendiera falsamente hacerle hablar a Dios).

La catequesis ha de ayudar a discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa el creyente juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios (cf GS 11;DGC 32).

Es fundamental discernir la propia vocación. Dios llama a cada persona con una vocación particular. Lo que es bueno para uno no es bueno para otro y lo que es mejor para uno no siempre lo es para otro. Cada cual tiene su gracia (1Cor 7,7). La vocación supone un cambio en el rumbo de la vida: la llamada de Dios sorprende al hombre en su tarea habitual y le orienta hacia un destino que sólo Dios conoce (cf Gén 22, 1). La vocación es la llamada que hace Jesús para reunir a sus discípulos: “Seguidme” (Mc 1,17), les dice. Ciertamente, muchos no responden: “muchos son los llamados, mas pocos los elegidos” (Mt 22,14). Seguir a Jesús no es sólo asumir su doctrina, sino compartir su misión y su destino (cf Mc 10,21;Mt 16,24). Una de las tareas de la catequesis es iniciar en el estilo de vida de Jesús.

La Iglesia naciente vive la condición cristiana como una vocación. San Pablo llama a los cristianos “santos por vocación” (Rom 1,17). Dado que la vocación cristiana nace del Espíritu, que es uno, hay en medio de esta única vocación diversidad de dones, de servicios y de operaciones, pero en esta variedad no hay en definitiva más que un solo cuerpo y un solo espíritu (1Cor 12,4-13). A los pastores de la Iglesia corresponde especialmente el discernimiento de carismas. A ellos compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (1Tes 5,21), a fin de que todos los carismas cooperen, en su diversidad y complementariedad, al bien común (cf 1Cor 12,7;CEC 801).

Se distingue entre discernimiento y evaluación de la catequesis. El discernimiento (más espiritual, individualizado y de carácter más religioso) se centra en el proceso interior de maduración en la fe (cambio personal, superación de resistencias a la acción de Dios, llamadas que el catecúmeno va escuchando, nuevos caminos que se le abren). La evaluación (más exterior y grupal) se refiere al desarrollo de la acción catequizadora en el grupo y trata de analizar hasta qué punto se están logrando las metas propuestas, la pedagogía que se está utilizando, la dinámica relacional y, en general, todos los elementos que forman parte de la acción catequizadora. Es esencial al discernimiento y a la evaluación que se haga en un clima alentador y esperanzador (cf CA Anexo 36).

7. REUNION CATECUMENAL. Todo el proceso catecumenal pasa por la reunión catecumenal. O comunitaria: no podemos olvidar que el lugar originario de la catequesis es la reunión de la comunidad. San Pablo consideró importante lo que pasa en ella. Por eso escribe a los corintios: “Cuando os reunís, cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación; pero que todo sea para edificación” (1Cor 14,26;cf DGC 140-144).

Una cosa importante es esta: no podemos ignorar las cuestiones o situaciones de los participantes, si no queremos responder a preguntas que no se hacen o a problemas que no existen. Por ejemplo, en el encuentro de Pedro y Cornelio se asume el interrogante (cf He 10,21-29).

Esto supuesto, con la adaptación necesaria en cada caso, puede utilizarse el esquema de reunión que Pablo propone a la comunidad de Corinto. En él se conjugan diversos elementos: oración (a partir de aquello que más llama la atención y que está en relación con los acontecimientos personales, sociales o eclesiales); enseñanza (escucha de la Palabra de Dios dicha ya, recogida en la Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia); revelación (escucha de la Palabra de Dios dicha hoy en una circunstancia concreta); discurso en lengua (comunicación realizada en otros lenguajes que necesitan interpretación para que puedan ser entendidos).

También puede utilizarse el siguiente esquema, semejante al de “ver, juzgar, actuar”, incluyendo explícitamente la dimensión actual de la Palabra y la oración: información (de lo más importante, acontecido desde la última reunión); escucha de la Palabra (dicha ya o dicha hoy); oración (desde lo escuchado, desde lo vivido, con un salmo, con propias palabras, con una canción); acción, que brota de la escucha de la Palabra de Dios en una situación concreta (cf Mc 8,21;Sant 1,22).

No todos los elementos se dan en todas las reuniones ni tampoco se dan necesariamente todos desde el principio. Así, por ejemplo, en un momento dado, a petición de uno de sus discípulos, Jesús les enseña a orar (cf Lc 11,1). Es fundamental la participación, la comunicación, realizada libremente al nivel que cada uno quiera expresarse. Recordemos aquí que, originalmente, homilía significa conversación. No es un monólogo, sino un diálogo. ¿Y si hay silencio? Hay que ver lo que significa. Puede significar bloqueo, tensión, falta de comunicación, pero también reflexión, escucha, contemplación. En muchos casos, en el silencio se gesta la Palabra.

8. PEDAGOGIA CATECUMENAL. Poco a poco, dentro de su sencillez, se puede ir comprendiendo la complejidad, la riqueza y la variedad de la pedagogía catecumenal. He aquí algunas claves más importantes. Es una pedagogía de la escucha de la Palabra de Dios que se hace acontecimiento. Es una pedagogía de la relación, de la comunicación, del grupo. De la experiencia humana común y de la experiencia de fe. De la información y documentación necesaria (datos objetivos: doctrinales, científicos, jurídicos, etc). Del discernimiento personal, pastoral, comunitario. De la acción (compromiso, testimonio, liberación). De la confesión de fe, recapitulada en el símbolo de la fe. De la oración (conversación con un Dios que habla) y de la celebración de la fe (dimensión festiva de la Palabra de Dios cumplida en los acontecimientos).

Es muy importante el papel de quien lleva el grupo, de quien instruye en la Palabra. Su función es la de ser guía. Cuando Felipe oye al eunuco leer al profeta Isaías, le dice: ¿Entiendes lo que vas leyendo? Le contesta: ¿Cómo lo puedo entender si nadie me hace de guía? Felipe le guía no sólo en el sentido de las Escrituras, sino también en el sentido de los acontecimientos. Todo lo que ha sucedido ese día tiene una clave: la Buena Nueva de Jesús (cf He 8,30-35).

II. Inspiración catecumenal

La restauración moderna del catecumenado ha ido favoreciendo la inspiración catecumenal de toda catequesis. Se dice en el Sínodo de 1977: “El modelo de toda catequesis es el catecumenado bautismal” (MPD 8;cf Prop.30). La inspiración catecumenal supone hacer de la catequesis un proceso de iniciación cristiana integral, es decir, una iniciación en las dimensiones fundamentales de la vida cristiana: en el conocimiento del misterio de Cristo, en la vida evangélica, en la oración y celebración de la fe, en el compromiso misionero (CC 83-85).

1. CATEQUESIS, PROCESO CATECUMENAL. En sentido restringido, la catequesis es la enseñanza elemental de la fe. En sentido pleno, es la iniciación cristiana integral, es decir, “iniciación no sólo en la doctrina, sino también en la vida y culto de la Iglesia, así como en su misión en el mundo” (CC 79;DGC 63).

La catequesis renovada, que ahora y siempre necesita la Iglesia, implica la promoción del sentido pleno: “La catequesis no consiste únicamente en enseñar la doctrina, sino en iniciar a toda la vida cristiana” (CT 33). Según esto, la catequesis debe tener una inspiración catecumenal. El nuevo Directorio General para la Catequesis constata (y acoge) la evolución posconciliar del concepto de catequesis (DGC 35).

Entre el catecumenado bautismal y la catequesis de inspiración catecumenal hay una diferencia esencial: haber recibido (o no) los sacramentos de la iniciación. Supuesta esta diferencia, he aquí algunos elementos del catecumenado bautismal que deben ser fuente de inspiración para la catequesis posbautismal. El catecumenado:

– recuerda constantemente a toda la Iglesia la importancia fundamental de la función de iniciación, con los factores básicos que la constituyen: la catequesis y los sacramentos correspondientes.

– es responsabilidad de toda la comunidad cristiana (cf AG 14d). La institución catecumenal acrecienta en la Iglesia la conciencia de su función maternal.

– está impregnado por el misterio de la Pascua de Cristo, centro del mensaje cristiano.

– es lugar inicial de inculturación, en el que los catecúmenos son acogidos integralmente, con sus vínculos culturales. Una catequesis viva participa de esta función de incorporar a la catolicidad de la Iglesia las “semillas de la Palabra” esparcidas en individuos y pueblos.

– proporciona a la catequesis posbautismal una dinámica y unas características configuradoras: la intensidad e integridad de la formación; su carácter gradual, con etapas definidas; su vinculación a ritos, símbolos y signos, especialmente bíblicos y litúrgicos; su constante referencia a la comunidad cristiana (cf DGC 90).

2. DIMENSIONES Y TAREAS. Una catequesis de inspiración catecumenal inicia en todas las dimensiones de la vida cristiana, lo que supone las correspondientes tareas.

* La catequesis inicia en la Palabra viva de Dios, la Palabra del Reino (Mt 13,19), palabra sembrada en el campo de la historia: “el campo es el mundo” (13,38). Es una enseñanza especial. El discípulo entra dentro del misterio anunciado a la muchedumbre por medio de parábolas: “Dios, que habló en otro tiempo, sigue hablando” (DV 8). Más aún y es fundamental: quien escucha la Palabra, se encuentra con Cristo. Toda la Escritura da testimonio de El (Jn 5,39). Por ello, “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (DV 25). En el proceso catecumenal, los catecúmenos reciben el evangelio (Sagrada Escritura) y su expresión eclesial que es el símbolo de la fe (Credo).

* La catequesis inicia en la justicia nueva del evangelio (cf Mt 5,1-48), es decir, promueve un proceso de conversión. Para empezar, basta la conversión inicial. Con la gracia de Dios, el nuevo convertido emprende un camino espiritual, por el que pasa del hombre viejo al hombre nuevo: “Trayendo consigo este tránsito un cambio progresivo de sentimientos y de costumbres, debe manifestarse con sus consecuencias sociales y desarrollarse paulatinamente durante el catecumenado” (AG 13).

* Si la catequesis inicia en la Palabra (diálogo de Dios con el hombre), inicia también en la oración (diálogo del hombre con Dios). El discípulo ora como Jesús: en secreto (Mt 6,6), en grupo o comunidad (11,25), con pocas palabras (6,7), desde situaciones concretas (Lc 6, 12), con palabras tomadas de los salmos (cf Mt 27,46;Lc 23,46;Jn 11, 41), según el modelo que nos enseñó Jesús, es decir, según el espíritu del Padrenuestro (cf Lc 11,2-4). Asimismo, la catequesis inicia en la celebración viva de la fe. La Palabra anunciada y escuchada es también celebrada (sacramentos).

* La catequesis inicia en el compromiso misionero: nace de la confesión de fe y conduce a la confesión de fe. Quien ha sido evangelizado, evangeliza a su vez. Jesús, que sigue evangelizando, comparte su misión con los discípulos enviados a hacer discípulos (cf Mc 16,20).

* La catequesis hace discípulos integrados en comunidades vivas. La adhesión al evangelio no puede quedarse en algo abstracto y desencarnado: “se revela concretamente por medio de una entrada visible en una comunidad de fieles” (EN 23). En nuestro tiempo, volvemos a recordar la función central de la comunidad como “origen, lugar y meta” de la catequesis (CC 253;cf DGC 253,254,261,263 y 264). Como era en un principio (cf He 2,42).

La catequesis es iniciación cristiana integral, abierta a todas las esferas de la vida cristiana. Esto no excluye que “razones de método o de pedagogía” aconsejen organizar la comunicación del mensaje “de un modo más bien que de otro” (CT 31). Por lo demás, “la variedad en los métodos es un signo de vida y de riqueza” (CT 51). Los métodos han de ser abiertos y flexibles: Dios habla de muchas maneras.

3. ADULTOS, JOVENES Y NIÑOS. En pleno posconcilio, el Directorio General de Pastoral Catequética recordó a los pastores la prioridad de la catequesis de adultos, “la forma principal de catequesis” (DCG 20;cf CT 43). Promoviendo la prioridad de la catequesis de adultos, volvemos a las fuentes: nos acercamos a aquellos tiempos en los que los destinatarios de la catequesis son, en principio, adultos, que a su vez catequizan a los niños en las familias cristianas.

En España, las orientaciones pastorales sobre la catequesis han sido concebidas desde el modelo de la catequesis de adultos, “el proceso paradigmático en el que los demás deben inspirarse” (CC 237). En nuestra situación se hace “más necesario que nunca el que los niños y jóvenes, para poder afirmarse en su fe, puedan referirse a los adultos, a comunidades cristianas vivas que den testimonio de la misma” (ib).

Asimismo, entre nosotros se ha recordado justamente la función de iniciación propia de la catequesis. Ahora bien, no podemos olvidar que es preciso profundizar, consolidar, alimentar y hacer cada día más madura la fe, pues, de otro modo, la fe corre el riesgo de morir por asfixia o por inanición (EN 54). Dice Juan Pablo II: “Para que sea eficaz, la catequesis ha de ser permanente” (CT 43;cf DGC 51).

La catequesis de adultos, para ser fiel al hombre de hoy, “ha de tener muy en cuenta las experiencias vividas, los condicionamientos y los desafíos que tales adultos encuentran, así como sus múltiples interrogantes y necesidades de cara a la fe” (DGC 172). Se debe tener en cuenta la diversa situación religiosa del hombre de hoy: “En consecuencia, cabe distinguir entre:

– adultos creyentes, que viven con coherencia su opción de fe y desean sinceramente profundizar en ella;

– adultos bautizados que no recibieron una catequesis adecuada; o que no han culminado realmente la iniciación cristiana; o que se han alejado de la fe, hasta el punto de que han de ser considerados cuasicatecúmenos;

adultos no bautizados que necesitan, en sentido propio, un verdadero catecumenado.

También debe hacerse mención de aquellos adultos que provienen de confesiones cristianas no en plena comunión con la Iglesia católica” (DGC 172).

En cuanto a los jóvenes, hay que considerar las luces y sombras de su condición de vida, tal y como se dan en las distintas regiones y ambientes: el cambio cultural y social que viven, el alargamiento de la etapa antes de tomar parte en las responsabilidades de los adultos, el tiempo de espera, a veces de desencanto y de insatisfacción, incluso de angustia y de marginación; en muchos se descubre una fuerte tendencia a la búsqueda de sentido de la vida, a la solidaridad, al compromiso social, e incluso a la misma experiencia religiosa. Hay que considerar las diferentes situaciones religiosas: jóvenes no bautizados; jóvenes bautizados que no han realizado el proceso catequético ni completado la iniciación cristiana; jóvenes que atraviesan crisis de fe; otros con posibilidades de hacer una opción de fe o que la han hecho y esperan ser ayudados (cf DGC 182-184).

En la preadolescencia, etapa vital que conduce a la pubertad, en muchos casos “no se tienen en cuenta suficientemente las dificultades, necesidades, capacidades humanas y espirituales de los preadolescentes”. Además, muchos “al recibir el sacramento de la Confirmación, concluyen también el proceso de iniciación sacramental, pero a la vez tiene lugar su alejamiento casi total de la práctica de la fe. Es necesario tomar en cuenta con seriedad este hecho” (DGC 181).

Por lo que se refiere a la infancia, aparecen en muchos casos “niños con graves carencias, en la medida en que les falta un apoyo religioso familiar adecuado, o por no tener una verdadera familia, o por no frecuentar la escuela, o por condiciones de inestabilidad social o de inadaptación, o por otras causas ambientales. Muchos no están siquiera bautizados; otros no realizan el camino de iniciación. Corresponde a la comunidad cristiana suplir, con generosidad y de modo realista estas carencias, tratando de dialogar con las familias, proponiendo formas apropiadas de educación escolar y llevando a cabo una catequesis proporcionada a las posibilidades y necesidades concretas de esos niños” (DGC 180; sobre el ritual de la iniciación de los niños en edad catequética, cf RICA 306-313).

4. EVANGELIZACION DE LOS BAUTIZADOS. La progresiva toma de conciencia de que es preciso evangelizar a los bautizados es nota característica del tiempo posconciliar. Es éste un problema que repercute de lleno en la catequesis (de una forma especial, en la catequesis de adultos) y que es afrontado con tratamiento catecumenal en el contexto actual de progresiva secularización de la sociedad.

El problema, planteado ya en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín,1968), fue recogido en el Directorio General de Pastoral Catequética: “Muchísimas veces la situación real en que se encuentra un gran número de fieles pide necesariamente una cierta forma de evangelización de los bautizados, que precede a la catequesis”. Esta forma de evangelización se concreta en las “organizaciones catecumenales” para quienes -estando bautizados- carecen, sin embargo, de la debida iniciación cristiana (DCG 19; cf Medellín VIII, 3,7,9 y 17; Puebla 461,1007 y 1008; Santo Domingo 130 y 131).

El problema fue asumido con carácter de urgencia y con tratamiento catecumenal por Pablo VI (cf EN 44 y 52). Con el título de “cuasi-catecúmenos”, Juan Pablo II recoge el problema de la reiniciación de los bautizados, insuficientemente evangelizados; asimismo, asume la necesidad de una nueva evangelización (cf CT 44;CL 34).

Haciendo balance del tiempo posconciliar, el Sínodo extraordinario (1985) en su relación final, dice aún más: “La evangelización de los no creyentes presupone la autoevangelización de los bautizados y también de los mismos diáconos, presbíteros y obispos”.

En España, se reconoce que la mayoría de nuestros cristianos está necesitando el anuncio misionero del evangelio, antes que una catequesis propiamente dicha (CC 48). Algo semejante se dijo en el Congreso de Evangelización (1985): “Por diversos motivos, nuestro país de vieja tradición cristiana, está necesitando una nueva evangelización” (Conclusiones 9 y 16).

El Directorio General para la Catequesis señala la misma dirección: “Estas situaciones de la fe de los cristianos reclaman con urgencia del sembrador el desarrollo de una nueva evangelización” (DGC 26).

Jesús López Sáez
BIBLIOGRAFIA:

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CONGREGACION PARA EL CULTO DIVINO, Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, Roma 1972;

II COMISION EPISCOPAL DE ENSEÑANZA Y CATEQUESIS, La catequesis de la comunidad, Edice, Madrid 1983; El catequista y su formación, Edice, Madrid 1985; Catequesis de adultos, Edice, Madrid 1991;

II CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio. Conclusiones, Paulinas, Bogotá 1970;

III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, BAC, Madrid 1979;

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CONGREGACION PARA EL CLERO, Directorio General para la Catequesis, Roma 1997.

Artículo publicado en Nuevo Diccionario de Catequética (San Pablo, Madrid, 1999)